lunes, 9 de junio de 2008

La frente marchita


El tiempo pasa que es una barbaridad. Nos hacemos mayores, y eso se nota. Se nota en que por ejemplo, utilizas frases como “El tiempo pasa que es una barbaridad. Nos hacemos mayores, y eso se nota.” o “18, ay, quién los pillara, sabiendo lo que sé, claro” o “Por favor jovencito, páseme el sonotone y llame a una ambulancia que me he roto la cadera”, y demás lugares comunes.

Viendo mi juvenil aspecto todo el mundo piensa, por un lado, que tengo un pacto con el diablo a cambio del cual le he dado mi otrora gran capacidad para resolver problemas de trenes que salen de un punto y se encuentran en otro por la eterna juventud. Y por otro lado que soy un niño encerrado en el cuerpo de un hombre, razón por la cual he tenido que comparecer varias veces en el juzgado acusado de pederastia.

Sin embargo he de reconocer que tengo una edad. ¿Cuál? La mía, la mejor.

¡Estás en la mejor edad!, me dice la gente cuando me ve pasar haciendo footing con chándal gris, mis auriculares en los que escucho canciones de Carly Simon, mis calcetines por encima del pantalón, así en plan moderno, mi cinta en el pelo y rosas en la cara. Yo, que soy un coqueto, cuando me dicen esas cosas, me ruborizo. Y en un 58% de los casos, vomito el desayuno en sus corvas como muestra de gratitud y de cansancio.

Ay, cuando yo nací las cosas no eran como ahora, no señor.

Una guerra teníais que haber pasado, mangarranes zangolotinos y pazguatos. En la batalla del Ebro querría veros yo. Nunca olvidaré aquellos días de revuelta y pelea fraticida. Yo luché en el bando de los nacionales los lunes, miércoles y viernes y en el de los republicanos martes, jueves y sábado. Los domingos hacía balance y si se me descuadraban los muertos de uno u otro bando, bajaba por la tarde al Retiro y mataba a unos u otros para no tener problemas durante la semana.

Fueron momentos de hambrunas que solucioné de la forma en la que se resuelven estos casos: comiendo. Cuanto más comí, menos hambre tuve. Así soy yo, enérgico, expeditivo, pelirrojo, neoliberal. Tras la Guerra Civil pasé un tiempo jugando con un yo-yo hasta que vino la revolución de los claveles a la que no fui por temas de alergia y porque uno es muy macho y no me gustaba un nombre tan mariquita. Uy, que te pego con el tallo. Uy, que te pincho. Malditos portugueses, se merecen tener al lado a los extremeños.

Ávido de nuevas experiencias me embarqué en un velero llamado libertad y me marché, y a mi barco le llamé libertad (más que nada, para aprovechar las letras ya pintadas) y en el cielo descubrí unos ojos azules como el mar. Acojonado, di media vuelta, me metí en casa y no salí hasta hace unos años, cuando me llamaron para desempeñar el importante papel que juego ahora como líder juvenil de las nuevas generaciones de los dos partidos mayoritarios y de tres de los nacionalistas.

Yo me sigo sintiendo joven, pero no sé, hoy me he descubierto a mí mismo llenando el depósito de gasolina y comprando víveres para sobrevivir a la huelga de camioneros, no vaya a ser que nos quedemos sin nada.

Y me ha asaltado la duda: ¿me estoy volviendo viejo o sólo más gilipollas?

Y es que en mis tiempos, estas cosas no pasaban.