
Cuando sonó mi zapatófono, casi me caigo del caballo. La última vez que desde la regia casa utilizaron este método para comunicarse conmigo fue durante las duras jornadas del 23 F. En aquellos tiempos yo actuaba como asesor del Rey a pesar de que contaba sólo con 6 años. Por eso le recomendé que se dirigiera a la nación con nariz de payaso y preguntara ¿cómo están ustedes? para resultar más cercano. Finalmente, la opinión de Pedro Erquicia se impuso sobre la mía y hoy casi nadie recuerda aquél discurso tan sosainas.
Bajé de mi jamelgo, me descalcé y descolgué, no era plan de hacer esperar al Rey.
- ¿Majestad?
- Llámame Vicente, Juan Carlos, que hay confianza. ¿Qué te pasa, campechano?
- Dirás qué no me pasa, ¿no lees los periódicos?
- Sólo El Jueves, pero desde que sale a veces sí y a veces no, ya no lo compro.
- Bueno, pues que esto de ser Rey mola, pero a veces pasas malos tragos. Tengo muchos frentes abiertos ahora y necesito de tu colaboración en el más importante.
- No me digas más, quieres que redacte el discurso de Navidad.
- No, no, eso se lo he encargado al anónimo de tu blog, interesa que nadie entienda nada.
- Entonces, ¿en qué te puedo ayudar?
- Imagino que sabrás que mi hija Elena tiene, lo que se llama entre los monarcas, un “annus horribilis”.
- Por no hablar de la cara…
- Es mi ojito derecho y no me gusta verla sufrir. Necesito reforzar su imagen, y he pensado en ti. Eres un tío apuesto, sensible, cultivado, millonario, con don de gentes, ocupas un puesto importante en la sociedad, influyes en las grandes decisiones mundiales, te gustan los niños y por los cuadros que decoran tu casa, tienes el sentido del gusto metido en una caja fuerte cerrada bajo siete llaves.
- ¿Adónde quieres llegar, Juan Carlos?
- Es muy fácil. Eres la persona ideal para sustituir a Jaime de Marichalar. Quiero que te cases con mi hija. Creo que eres el indicado, incluso más que Pedro Erquicia. ¿Qué me dices?¿Hola? ¿Superintendente? ¿Estás ahí?
Yo sí estaba ahí. Quien no podía decir lo mismo era mi zapato, que volaba por la dehesa salmantina, presto a estrellarse contra el suelo mientras yo, cabalgando a toda velocidad, llamaba desde el otro zapatófono a mi amigo Federico para que, uniendo mi inteligencia estratégica y sus dotes de gran comunicador, acabemos de una vez por todas con esta farsa que ya está durando demasiado.
Viva la República.














