lunes, 11 de febrero de 2008

Cosas Nostras




Entré en la mafia de la manera más tonta: estaba leyendo ofertas de trabajo y había una que decía: “Empresa familiar en expansión busca matón y extorsionador. Se valorarán conocimientos de italiano, metralleta propia y sombrerito de ala corta. Posibilidades de ascenso. Imprescindible antecedentes.” Pensé que se trataba de una broma y como soy todo un cachondo, llamé y les dije que yo era su hombre. La entrevista se produjo en una habitación oscura, atado a una silla y con un flexo en la cara. Me hicieron mil preguntas, pero no solté prenda. Sólo quedamos tres finalistas para la prueba final, que consistía en deshacerse de los otros dos sin rejar rastro. No tuve elección, así que descuarticé a uno con el cortauñas y tiré al otro al mar para comprobar la calidad del nuevo calzado de cemento que estrenaba el pobre hombre. El puesto era mío.

He de admitir que al principio tenía mis dudas morales sobre lo que hacía. Pero después te paras a pensar y te das cuenta de que es un trabajo como otro cualquiera, no menos ético que ser, por ejemplo, publicista, médico o trabajador de una ONG. Así que le fui pillando el gustillo a eso de ir por las tiendas reclamando las deudas, reunirme con la gente del ayuntamiento para cobrarme favores electorales o hacer horas extras por las noches en los clubes de la familia.

Lo que más me costaba eran las advertencias. Sí, ya sabes, eso de meter la cabeza de un caballo en la cama de alguien para acojonarle. No sé, quizás fuera por mi pasión por Waku Waku, pero matar animalillos siempre me ha parecido cruel. Así que metía al caballo entero con la cabeza del jockey. Acojona más y no te dicen nada los de las protectoras de animales.

Y así, poco a poco, fui formando parte de la familia. Me casé con la hija del Padrino, en parte por amor, en parte por interés, en parte porque la dejé embarazada, en parte porque el cura aguantaba la biblia en una mano y una recortada apuntándome al corazón en la otra.

De eso hace ahora veinte años. Las cosas han cambiado mucho desde entonces. Ahora mando yo de todo. Ha sido suerte porque cuando ametrallaron al Padrino yo estaba en Las Vegas. Y porque no subí al coche bomba que llevaba a mis cuñados. Y porque las demás familias supieron dónde vivían los hombres de confianza de la familia. Y así he llegado donde estoy, a lo más alto.

Pero quiero dejarlo. Esta vida estresa mucho. Y mis hijos están más que preparados para coger el testigo. Por eso quiero retirarme y ocupar el puesto que me corresponde. Sé que usted me debe algún que otro favor y sé que accederá a darme el puesto que le pido. No quiero que se vea presionado sólo por el hecho de que mis hombres estén violando a su esposa y a su hijo en esa habitación. No tiene nada que ver, de verdad. Eso lo hacen para liberar tensiones, ya le digo que esta profesión es muy dura.

Ya está bien de charla, que me quedo afónico enseguida. Así pues, ¿qué? ¿Le parece bien la alcaldía de Dénia o tengo que empezar a cortarle ahora los dedos de los pies?

martes, 5 de febrero de 2008

El final del misterioso caso del Capitan Rumikel




Diario de bitácora:

No podía dormir. Quizás fuese por pensar que el pobre Capitán estaba por esos mundos de dios. Quizás porque ya eran las siete de la tarde y llevaba 19 horas seguidas en la cama. La cuestión es que me levanté decidido a poner fin a este secuestro. Marqué el número de Chávez para instarle a que hiciese de intermediario, pero no quiso porque se me escapó que el Capitán al capitán le gusta Elvis, y que con monárquicos no quiere saber nada. Tampoco Nicolás Sarkozy me prestó su ayuda. No le sentó nada bien que antes le pidiera prestada a su flamante esposa (se acababa de duchar).

Era mi caso y lo tenía que resolver yo. Decidido, me encaminé de nuevo hacia su casa, en busca de pruebas y de algo para merendar. Utilizando el viejo truco de introducir un instrumento metálico con punta dentada que permite activar el mecanismo que abre y cierra las cerraduras y que en el argot policial llamamos “llave”, conseguí entrar en su guarida. Un enorme desorden, un hedor insoportable, varios ejemplares de “El Mundo Deportivo” junto a la taza del váter… todo parecía normal. Sin embargo, mi perspicacia detectivesca llevó mi mirada a una nota tamaño camiseta de Falete que ocupaba toda la pared del salón. Una inscripción en clave que decía “Calle de José Luis Carod, 13”. ¡Touché! Tenía una pista. A toda velocidad a lomos de mi caballo Vicentepedro me dirigí a esa dirección. En el número 13 había un bar llamado “La ostra azul”. Música de Barbara Streisand, un intenso olor a mermelada y un montón de hombres con bigote. “Deben hacer fútbol esta noche”, pensé, y para integrarme en el ambiente alcé la voz para decir “a esos querubines hoy les vamos a dar por el culo”, y todos me miraron y asintieron. No había duda, eran del Español. Pedí un Licor 43 rebajado (de precio) y me intenté ganar la confianza del camarero. Oye, le dije, ¿has visto alguna vez a este chico?, le pregunté mientras le mostraba la foto del Capitán en la que sale bañándose en Palomares con Fraga. No, pero si subes a ese cuarto oscuro, quizás veas algo que te interesa. Así lo hice.

Allá arriba me esperaban unos cuantos hombres perfectamente camuflados de mujer.

- Chicos, ¿sabéis algo del Capitán?

Minutos después salía del local con la certeza empírica de que el ano es un músculo de lo más flexible, con varios amigos para toda la vida, con la duda del resultado del Español y con una pista que me dijo el más fornido cuando me agaché a recoger una cosa que se les había caído: el conejito está en la madriguera.

El conejito está en la madriguera. A buen entendedor, pocas palabras bastan. Rápidamente hice las maletas y salí en el primer avión hacia Los Ángeles, en Estados Unidos. Subí a un taxi y espeté: ¡rápido, a la mansión de Hugh Hepfner!

¿Cómo sabía que el Capitán estaba allí?, se preguntará el avezado lector. Para serles sincero, les reconoceré que no lo sabía. Pero no iba a dejar pasar una oportunidad así de visitar la mansión de Playboy con todos los gastos pagados por las donaciones hechas a este blog. Llamé y me recibieron dos fermosas damiselas con evidentes signos de hiperventilación pectoral y de escasez de prendas de vestir (maldita crisis bursátil). Entré y mientras me dejaba invadir por la famosa hospitalidad americana, recibí un mensaje en el móvil: “Soy el capitán, ya estoy en casa. No me han torturado, se han cortado ellos las orejas para no oírme. ¿Quedamos para ver el fútbol?”

No contesté, porque cuando metes el teléfono en un jacuzzi, tienes dos serios peligros: uno, que se te moje y se rompa. Dos, que con el burbujeo y el jugueteo, se te pierda por vete tú a saber dónde.

Con la satisfacción del deber cumplido (entre otras), doy por finalizado este caso. Y a otra cosa, mariposa.

viernes, 1 de febrero de 2008

Sin noticias de Ru





Era una falsa alarma. A pesar de que la agente Stop lo había hecho con toda la buena voluntad del mundo, no era al Capitán Rumikel al que encontró, sino a un sinfonier de pino macizo, estilo Luis XVI. No es la primera vez que los confunden. De hecho, los padres del Capitán tienen uno en su casa y lo tratan como si fuera su propio hijo.

Ya que estaba en los Pirineos, decidí hacer un poco de turismo y visitar la Alhambra. Allí recordé las palabras de Boabdil: “ahora cuando puedas, pasa la cachimba, por favor”. Y las que le dijo su madre cuando perdió Al- Andalus: “llora como una mujer lo que no has sabido defender como un hombre”. “No lloro como una mujer, mamá, es mi voz, que la tengo como el cantante de Communards.”

Inmerso como estaba en la historia de mis antepasados (me llamo Boabdil de segundo apellido), no me percaté que alguien había metido una nota en mi gabardina. Lo noté por el peso de la máquina de escribir que acompañaba al folio. También había una fotografía que demuestra bien a las claras que quien no tiene una cámara de fotos es porque no quiere.

Les transcribo a ustedes el contenido, por si descubren alguna pista en las palabras. O leyendo entre líneas. O rociando el ordenador con un limón y quemándole la parte de atrás de las pantallas. Como ustedes vean, yo ahí no me meto:

“Esto es un comunicado de secuestro. Y esto es mi amiga, que tampoco baila. Les comunicamos que hemos secuestrado al Capitán Rumikel. ¿Ven como sí que es un comunicado de secuestro? Es que no sabíamos si llamarlo así o “amenaza trepidante” e incluso algunos querían llamarlo “macedonia de letras”, pero al final nos hemos decidido por “comunicado de secuestro”, que queda mucho más serio.

Somos una banda de tremendos delincuentes. Somos más fieros que Jiménez Losantos en un local de ambiente y más sanguinarios que la primera regla de Montserrat Caballé. Y tenemos al Capitán retenido. Lo hemos tenido que amordazar porque no paraba de contarnos que si él los viernes envía una canción a sus amigos y que si nos puede hacer una foto, que si nos pagamos una cerveza, que es fin de semana….

Para que alguien sepa que está secuestrado, nos ponemos en contacto con usted para mandarle una foto y así de paso les adjuntamos el “comunicado de secuestro”. O sea, esto.

Si no deposita en nuestra cuenta corriente un millón de euros en billetes no correlativos, nos veremos obligados a torturarle. Primero hemos pensado en hacerle hablar castellano. Luego, le vestiremos de flamenca. Y si sobrevive, le llevaremos a un mitin del pp, con un polo con la banderita de españa, el pelo engominado, suéter sobre los hombros, pantalones de pinzas y zapatos náuticos.

Si quiere ver a su amigo, ya sabe, queremos el dinero. Si no quiere verlo, díganlo ya que el olor empieza a ser un poco insoportable.

Y si se le ocurre llamar a la Policía, dígale que justo al lado de nuestra casa hay unos vecinos con la música muy alta que nos molesta. Que con este ruido no puede uno ni secuestrar ni nada.

Ahora tengo dudas, cada vez me gusta más “macedonia de letras”….”

La verdad, este caso me está superando. No sé qué pensar. De hecho, no sé pensar. Quizás me tome unos días de descanso, disfrutando de las playas pirenaicas, del sol y de los mojitos típicos de esta zona. A mi mente le vendrá bien. Y al Capitán no le importará.

Total, este fin de semana no había quedado.

miércoles, 30 de enero de 2008

ME ESTOY QUEDANDO SIN FOTOS.




Imagínense, para ilustrar este escrito, he tenido que recurrir a una foto de la comunión del Capitán Rumikel. Si son ustedes poco ágiles visualmente, habrán visto sólo una motocicleta verde. Mas yo les animo a que no se dejen llevar por las apariencias. Vayan en moto, llegarán antes.

Si miran fijamente la fotografía durante siete días sin pestañear, descubrirán la imagen de un tierno infante vestido de marinero con una biblia en la mano, jazmines en el pelo y rosas en la cara. Pues ése es el Capitán Rumikel. ¿A que ha valido la pena esperar 7 días y quedarse ciego? Pues en persona gana, imagínense.

¿A qué viene el título de este post? A cenar. Y si se descuidan, a vaciarles la nevera, violar a sus hijas top models mayores de 18 años y a saquearles la cuenta corriente. O sea, lo mismo que haría el Capitán Rumikel si no hubiese sido secuestrado por una banda de negros caucásicos filipinos. Los temibles “negroscaucásicosfilipinos”, como se hacen llamar en los círculos concéntricos en los que se mueven cuando practican el hulla hop.

A mí ya me extrañaba que mi fiel amigo no subiera fotos en su flick, el lugar desde el cual yo alimento mis obras maestras de la literatura universal de todos los tiempos que ustedes leen previo pago. Pensé que estaría yaciendo con la sección femenina/o del Orfeón Donostiarra, uno de sus hobbys favoritos. Pero no, porque me los encontré en un concierto de Luis Cobos y me comentaron que no sabían nada de él. Ni de música.

Con la mosca tras la oreja llamé por teléfono a su casa, con tan buena suerte que al apoyar el auricular sobre mi pabellón auditivo, maté a la mosca. Ya podía hablar tranquilo.

- Hola, soy el Capitán, deja tu mensaje tras la señal.

Me acerqué al Ceda el Paso que hay en su casa y escribí: Capitán, no sé nada de ti. Tampoco de Marie Curie. Pero me preocupas más tú. Más que nada, por los críos. Firmado: sí.

Y me fui a mi casa dando saltitos como me gusta hacer para darme aires de interesante. De pronto, un coche se detuvo a mi lado. Un señor con pasamontañas pero con un acento negro caucásico filipino que lo delataba me dijo:

- ¿Buscas al Capitán?
- Sí, ¿qué sabes de él?
- Sólo te puedo decir que lo tenemos secuestrado.
- ¿Y de Marie Curie?
- Sé que descubrió el Radio. Gracias a ella escuchamos el Carrusel.
- Lo sabía. Todo encaja. O me devolvéis al Capitán, o nos las vamos a tener.
- No lo podemos devolver. Ya lo hemos destapado.
- ¡¡¡Bribones!!! – exclamé, y me fui corriendo calle abajo, con los ojos inyectados en sangre, con lo que eso afea mi figura.

Ahora mismo estoy destrozado por dentro. Maldita fabada.

Pero también me duele haber perdido a mi compañero. Por eso me tenéis aquí. Estoy reclutando un ejército de personas (no aspiro a mucho, unas 100.000 me bastan) para invadir Francia. Una vez conseguido este primer paso, el propósito es cruzar la frontera española disimulando, unos mirando a un lado, otros haciendo como que hablan por el móvil, los más osados silbando la Marsellesa y una vez introducidos en el país, ir casa por casa preguntando si alguien sabe algo del Capitán Rumikel.

Es lo menos que puedo hacer. Ayudadme, el haría lo mismo por vosotros. Y por vosotras haría más cosas si le dejárais.

¡¡Capitán, aguanta, que ya vamos!!

lunes, 28 de enero de 2008

Lección de economía




En 1987, el ejecutivo de American Airlines James McPanta se convirtió en un caso de estudio en el mundo de la economía al permitir ahorrar a su empresa más de 40.000 millones de dólares.

El secreto: eliminar una aceituna de cada ensalada servida en sus vuelos.

Con esa misma medida, más de 4000 familias dedicadas al cultivo de la aceituna se vieron afectadas.

Pero eso no es economía.

Es que a los andaluces no les gusta trabajar.

viernes, 25 de enero de 2008

¿Pero en qué mundo vivimos?




¿Pero esto qué es? ¿Nos hemos vuelto todos locos o qué? ¿Eh? Eh, usted, sí, sí, el de la perilla, le hablo a usted.

Bueno, en realidad no le hablo a usted, es una frase hecha. A mano, como se hacen las buenas frases, las de antes. Tiene usted razón, ya no encuentras frases tan bien construidas como las de antaño. Yo me acuerdo cuando era niño, que oías a la gente hablar y pensabas, ché, qué bien está esta frase. Y no como ahora, que cualquiera se cree con derecho a decir esto o aquello sin pensar en si la frase tiene sujeto, predicado y los complementos circunstanciales homologados por la Real Academia de la Lengua, a la que aprovechamos para saludar y preguntar que qué hay de lo nuestro.

Claro, como las frases de ahora se hacen con ordenador…

En los tiempos de nuestros abuelos no había tantas frases. Pero ¡ojo!, las que había eran unas frases de tomo y lomo. Nunca olvidaré la primera frase que me regaló mi abuelo. Sin embargo, el primer caramelo que me dio sí que lo he olvidado. Es lo que se llama memoria selectiva, uno recuerda mejor unas cosas que otras. Sin ir más lejos, te quedas aquí al lado.

Yo a veces olvido cosas. Ir a trabajar, por ejemplo, se me olvida. No es que sea vago, si me encanta mi trabajo de taxidermista. Pero tengo la cabeza en otro sitio (es un decir, en realidad la tengo donde todos, no se vayan ustedes a pensar que… ah, ¿ya lo habían entendido? Caramba, no se ponga así, sigo, sigo con mi relato). Pues eso, que como soy un hombre muy inquieto, pues me lío con unas cosas y otras y se me olvida ir a trabajar. Ayer, sin ir más lejos, me quedé aquí, en la cama. ¿He repetido lo de ir más lejos?

Es que se me olvida lo que digo, no sé si se lo había dicho. Es un defecto que tengo. A mi jefe no le hace mucha gracia, pero tiene que comprenderme, que para eso es mi padre también.

Cuando a veces estoy un par de semanas sin acordarme de ir a trabajar, me echa unas broncas tremendas, un día le va a dar algo. Y yo le digo, papá, que un error lo tiene cualquiera, ¿a ti nunca se te ha olvidado nada? Y me contesta con nosequé de que se le olvidó cortarse el miembro antes de acostarse con mi madre para que no naciese nosequién. No le hago mucho caso, porque cuando me gritan por una oreja me entra y por la otra me sale cerumen con el que hago pelotillas.

A la gente le gusta mi carácter olvidadizo. Una vez, qué risa, se me olvidó vestirme. Claro, estaba tan presionado con acordarme de ir a trabajar, que no puede uno estar en todo. Yo notaba que la gente me miraba raro, y les decía ¿qué pasa, nunca ha visto a alguien ir a trabajar? Así va el país, unos trabajando y otros gastando.

Cuando llegué a la oficina, bronca de mi padre (si no es por una cosa, es por otra, la cuestión es enfadarse) y hale, otra vez a casa, a acostarme para acordarme de levantarme, vestirme e ir a trabajar. Es que si no lo hago todo seguido, pierdo el ritmo.

¿A qué venía todo esto? ¡Ah, sí! Por lo de la crisis económica, que ahora quieren que no tengamos tanto dinero. ¿Pero en qué mundo vivimos? ¿Nos hemos vuelto todos locos o qué?

martes, 22 de enero de 2008




De noche, todas las gramáticas son pardas.

viernes, 18 de enero de 2008

Un hombre solo




La del alba sería cuando una paloma mensajera se estrelló contra el cristal de mi ventana. Pegado al vidrio, junto a las vísceras del animal había un mensaje: “Soy Alberto. Me siento solo. Pasaré a verte.”.

Le contesté: “No quiero saber nada. No te acerques a mi casa, que a los niños les asustan tus cejas.” Sin embargo, a pesar de la fuerza con la que la lancé, la maldita paloma no llegó a su destino, yendo a caer en mi jardín, donde fue devorada por los gatos del vecino.

¡Ding, dong!

Abrí la puerta y ahí estaba él. Sucio, con la raya torcida, con los ojos llorosos y los hombros caídos, pero no hasta el suelo, sino un poco más de lo normal, no sé si me explico. Así, mira ( y ahora estoy haciendo el gesto de hombro caído, todo lo que haga falta por ti, oh amado lector).

Alberto Ruíz Gallardón nunca ha sido un jolgorio de tío, pero su tristeza asustaba.

- ¿Te has enterado?
- Sí, sí, debe haber sido un palo para ti.
- Pues sí, tenía muchas esperanzas puestas en estas elecciones.
- Perdona, ¿qué tenías? (no pude contener la risita, soy así de mezquino)
- Esper… mierda. Todo ha sido por su culpa. Lo ha vuelto a hacer, la muy cochina. Ya lo fastidió todo cuando los Juegos Olímpicos. Va a por mí.
- ¿Lo de Madrid 2012 también fue culpa suya?
- Sí, sí, fue por ahí diciendo a los del COI que yo suspendí gimnasia en el colegio y que llevaba zapatos ortopédicos.
- Jopé, sí que se pasó un poco sí. Pero debes entender, amigo Alberto, que yo no me puedo inmiscuir, soy un hombre público y no quiero que vuestras rencillas me salpiquen.
- Es que me siento perseguido. Mariano también va a por mí, quizás ahora mismo está dentro del armario y sale con un cuchillo para matarme. Sólo le faltaría eso.
- Mariano nunca saldría del armario para eso. ¿No ves que su carrera también está en juego?
- Esperanza… con lo que yo hice por ella. ¡Yo le expliqué quién era Santiago Segura!
- Venga, venga, Alberto, ánimo. Mira, vete a casa, relájate, date una ducha y piensa que mañana será otro día. Piensa que si lo dejas, Ana Botella se alegrará más que cuando supo que su hijo no era homosexual, sino hemofílico, que todo había sido un error.

Y con esa reflexión le dejé marchar, arrastrando los pies por el jardín, donde los gatos devoraban ahora a un mensajero de verdad. Yo me quedé en mi habitación, viendo cómo se abrían las puertas del armario y de allí salía Espe con una botella de cava catalán y un picardías rojo que se empeñó en estrenar para celebrar que, una vez más, nuestros planes habían salido a la perfección.

jueves, 17 de enero de 2008

El hombre cuadriculado




Al hombre cuadriculado le gustaba llamar al pan pan y al vino, vino.
Sin embargo, al paté le llamaba foie y al fuet, salchichón.

martes, 15 de enero de 2008

Vida de un pugil, con acento en la u



El Poli siempre ha sido mi principal referente en el mundo del boxeo. Hasta tal punto llegaba mi admiración que me puse el nombre de “El pony de Alcobendas” en homenaje al gran Policarpo.

Mis inicios en este duro mundo fueron difíciles. Influía el hecho de que era flaco como un perro y tenía menos punch que Hernández Mancha. Pero con tesón, sacrificio, valentía, constancia y unas pastillas verdes del tamaño de un huevo conseguí moldear mi cuerpo en poco menos de un par de meses.

Necesitaba un entrenador que me guiase. Y para ello, nadie mejor que mi amigo Bartolo, que jamás había pisado un ring pero tenía vídeo, así que podíamos ir a su casa a ver las pelis de Rocky.

Influido sin duda por estos films, cada día me levantaba a las 5 de la mañana, me preparaba un batido de huevos, me ponía un chándal gris, una toallita blanca en el cuello, un walkman de cassette y salía a correr. Cinco minutos después vomitaba el batido, porque en ayunas esas cosas no sientan nada bien y seguía corriendo. La gente del barrio era mi público fiel, me seguían en mis carreras dándome gritos de ánimo como: hijoputa, devuélveme la pasta que te dejé, si te cojo te mato, drogadicto de mierda, corre, corre, cobarde, que ya volverás a pasar y cosas así. Me animaban mucho, la verdad.

Para conseguir este ágil juego de pies que tengo pasé mucho tiempo saltando a la comba. Me costó bastante robársela a mi prima pequeña, pero como no hay mal que por bien no venga, salí de su cuarto con una preciosa comba rosa y un mejor gancho de izquierdas. Tras varios meses de saltos y más saltos conseguí mi principal propósito: poder hacerlo sin tener que cantar al pasar la barca me dijo el barquero las niñas bonitas pagan mucho más dinero. Ya estaba preparado para mi primera pelea.

Fue contra Joseantonio, el feo del barrio. Lo utilizábamos de sparring porque, por mucho que le pegaras, nunca le empeoraba la cara. Le noqueé al tercer asalto, gracias a un doble cruzado con la derecha y a un taburetazo en la cabeza que le di mientras no miraba. Soy así de expeditivo, como los grandes campeones.

Y así anduve, de pelea en pelea en el gimnasio contra los deshechos sociales que poblaban mi barrio hasta que un día me llegó la oportunidad:

- Pony – me dijo Bartolo- , mañana peleas contra Juanito Rompetráqueas, el campeón de la zona. Mañana te convertirás en un púgil de primera fila.

Todo un vidente, el Bartolo. Hasta la primera fila de sillas llegué del ostión que me dio Juanito. No duré ni un asalto. Y eso me hizo reflexionar por primera vez en mi vida. Y llegué a la conclusión de que aún quería ser como el Poli. Por eso dejé el boxeo y por eso ahora, en cuanto me pase el bajón del perico en vena, me voy a casa de Bartolo, que ha cambiado las pelis de Rocky por las porno que rodó el Poli, que tienen un guión igual de malo, pero al menos no tienes que ver el careto de Stallone.

lunes, 14 de enero de 2008

Fuera de Contexto



Absoluta y completamente fuera de contexto. Ya debería usted saber cómo se las gastan esto periodistas del tres al cuarto que tanto abundan últimamente. Uno, durante una conversación distendida dice una frase y ellos la extraen y así, sin más, la publican.

Y si cambia el significado por completo, a ellos se la trae floja, lo que quieren es vender periódicos.

Entiendo que al leer mis declaraciones usted pudiera sentirse molesto, pero creo que esta aclaración le servirá para convencerse de que entre mis intenciones jamás estuvo la de ofenderle. Sí, claro, es perfectamente comprensible que si uno descubre que sobre él dicen en el suplemento cultural de El Periódico que es “una persona indeseable, asquerosa y llena de prejuicios que no ve más allá de sus narices y que debería estar fusilado o apedreado en una plaza pública”, pues monte en cólera y diga lo que ha dicho usted sobre mi persona.

Pero ya le digo, es una frase entre un millón, extraída con la mala baba del reportero que quiere hacer daño y enfrentarnos. Porque en esa transcripción literal no se tiene en cuenta el tono jocoso con el que lo dije mientras defecaba sobre una de sus fotografías ni el resto de la conversación, que transcurrió entre menciones a su progenitora y risas sobre la disoluta vida sexual de su señora esposa.

Ahora bien, a ellos sólo les interesa la carnaza, por eso publicaron lo que publicaron. Es indecente, lo sé, una degradación constante de una profesión antaño digna y que ahora se ha convertido en un mercadeo de chismorreos y mentiras. Pero bueno, para eso estamos nosotros, los civilizados, los serios, la gente de bien, para volver con nuestras palabras a contextualizar lo que otros se empeñan en extraer para delinquir usando mis palabras como arma arrojadiza.

Posiblemente cuando usted declaró en la edición dominical de El País que yo era “un pajillero ególatra que no sabe dónde tiene la mano derecha, con menos talento que un ciempiés harto de crack”, se refería a otra persona o no quería decir exactamente eso de mí. Por eso no he tomado en serio sus críticas, porque sé que tras ellas se esconde la mano ruin de un recién licenciado, que no sólo no ha verificado la noticia sino que además, vaya usted a saber de qué podridas fuentes ha bebido. Y no me refiero a su aliento a licor escocés, no piense mal.

Sepa pues que no se lo tengo en cuenta, no se disculpe, usted y yo estamos muy por encima de todo esto.

Por eso, cuando mañana lea en la portada de El Mundo que entrecomillan mis palabras “jamás había visto a un tío tan imbécil como él, desde aquí le deseo que lo parta un rayo y de que lo atropelle una apisonadora, aunque me sabe mal por las pobres apisonadoras”, entienda que no hay mala intención mía, sino del obtuso periodista que firma la entrevista.

Una vez aclarado el malentendido y mucho más tranquilo, me despido atentamente, poniéndome a los pies de su señora, que a estas horas debe estar yaciendo. Aunque ignoro con quién, ya que usted está leyendo mi carta, cornudo de los cojones.

Siempre suyo,

jueves, 10 de enero de 2008

Ceesei



Al extraerle el saxofón del esófago, concluyeron que se trataba de un nuevo caso de guerra de bandas.

miércoles, 9 de enero de 2008

demode



Y en cuanto salió del retrete, la top model hizo de cuerpo.

martes, 8 de enero de 2008

Año Nuevo



Y dijo: "mañana mismo sin falta me pongo a régimen".

Y se quedó tan ancho.

jueves, 3 de enero de 2008

Cuento (largo) de Navidad



Han sido, sin lugar a dudas, las peores vacaciones de Navidad de mi vida. Mucho peores que aquéllas en las que me regalaron un libro de Lucía Etxebarría y un disco de La Oreja de Van Gogh.

Y la cuestión es que empezaron muy bien. Como hacemos cada año por estas fechas, el Capitán Rumikel, el menda lerenda y un selecto grupo de amigos nos retiramos a una mansión escondida en las montañas del interior de Catalunya para disfrutar de nuestras interesantísimas conversaciones, comer, beber y jugar a juegos de mesa como el voleibol femenino.

En eso estábamos en nuestra primera noche de retiro cuando nos sobresaltaron unos golpes en la puerta.

- O alguien se está dando cabezazos en la madera para comprobar su dureza, o llaman a la puerta.- apuntó el Capitán.
- Creo que es lo primero, a estas horas, ¿quién va a llamar?
- Es que deberían poner una etiqueta en las puertas que dijesen lo duras que son, porque si no, la gente va por ahí comprobándolo y molestando a los demás.
- Ya, pero el gobierno prefiere dictar leyes como lo del cheque bebé, lo de las bodas gays y lo de los pisos en alquiler antes que detenerse a arreglar lo que de verdad importa: lo dureza de las puertas y los pellejitos que te salen en las uñas.
- ¡¡Es verdad, es verdad!!- gritamos todos a coro, como hacemos siempre que estamos de acuerdo en algo. Eso nos reafirma en nuestras creencias y nos solapa cuando alguien hace un gallo.


Media hora después, cuando calculamos que un ser humano medio ya habría deducido el nivel de durabilidad de la puerta, empezamos a sospechar que quizás era alguien que llamaba con la intención de entrar. Yo, que además de más apuesto que un galán de los años veinte, soy un hombre de acción, di un paso adelante para abrir.

Sin embargo, la entrada de la casa estaba unos cuantos pasos más allá, por lo que tuve que esperar a que alguien más atlético hiciese el camino entero, girase el pomo y nos dejara ver quién estaba detrás de aquella lámina de madera de pino que nos separaba del frío mundo exterior. Más tiesos que un palo, tiritando y con estalactitas en la nariz, encontramos a Nicolás Sarcozy y a Carla Bruni.

- ¡Colasito!- así le llamamos los amigos que le llamamos Colasito- ¿cómo tú por aquí? Pasad, pasad, que no se diga que los españoles no somos hospitalarios, gabachos hijos de puta.

Le dimos una taza de té caliente a él para que entrara en calor y una de Nescafé a ella para que nos cantara la canción. Una vez recuperadas las temperaturas, tuvimos que golpearnos las cabezas contra la puerta, pues se nos había quedado la duda cruel y queríamos saciar nuestra curiosidad. Resultó ser una puerta dura, en grado 6. O sea, de lo mejor que se puede encontrar hoy en día en el mercado de las puertas duras.

Nos comentó Colasín que había tenido que refugiarse en nuestra casa porque los paparazzi no le dejaban vivir y que quería unos días de asueto. Como ninguno sabíamos a ciencia cierta el significado de la palabra, le respondimos que sin problema, que asuetara con nosotros.

Poco tiempo después, oímos el timbre de la puerta. El Capitán Rumikel volvió a teorizar:

- Ya estamos. O alguien estaba señalando hacia algún lado con tan mala suerte que no ha medido bien las distancias y su dedo se ha empotrado contra nuestro timbre, o alguien quiere que le abramos la puerta.

Cuando Carla Bruni murió debido a la explosión de sus tímpanos, descartamos la opción B y nos echamos a suertes quién abría. Nicolás Sarkozy perdió. En otra ocasión le hubiese tocado abrir a él, pero como nos lo jugamos a la ruleta rusa, lanzamos los dos cadáveres a la hoguera y yo mismo abrí la puerta, más calentito que el mundo.

Allí fuera estaba David Meca.

- Hola, es que estaba haciendo mi última prueba, la de recorrer a nado todas las montañas de España. Me pregunto si me dejaría pasar un momento a aliviarme, que si me la saco en el bosque con este frío se que queda chiquitina chiquitina.

Hice lo que hubiese hecho cualquier persona de bien: partirle la cabeza con un hacha para que dejara de darnos el coñazo con sus proezas. Sin tiempo que perder, lanzamos el cuerpo a la hoguera y tratamos de seguir con nuestra partidita de béisbol de mesa.

Pero oye, nones. Sólo treinta minutos más tarde, se oyeron unos gritos provinentes de la calla. “¡¡Ah de la casa!!, ¿hay alguien ahí dentro?”.

- Lo que yo te diga, eso es que alguien ha decidido interpretar una obra de teatro clásico en plena noche al aire libre con 15 grados bajo cero para ver cómo afecta el frío al método Stanivslasky. Eso, o que alguien más quiere entrar.

Curados de espanto, sólo nos quedamos con la duda durante 20 minutos, que es el tiempo que se consume en interpretar una obra de teatro clásico. Pasado ese tiempo, abrimos la puerta.

- Oiga, su cara me suena. ¿Usted no es Dejuana? Le veo más rechonchito…
- Sí, sí, es que estoy en la cabaña de al lado con unos señores con pasamontañas preparando unos fuegos artificiales y he escuchado la música que tenían puesta, y ahivalaostia, que me ha gustado mucho. Y me he dicho, voy a preguntarles qué es, que me lo bajo para mi Vasc Pod.
- Estamos escuchando a Manolo Escobar, sus grandes éxitos - le dije para gastarle una broma, pues entre visita y visita, se nos había hecho ya el día de los inocentes.

Es curioso el ruido que hace un cuerpo sin vida cuando se desploma víctima de un ataque al corazón. El plof es seco, duro, y corto. Plofff. Las dos últimas “efes” son porque se hunde en la nieve. Tengo que aprender a no hacer según qué tipo de bromas. Y a secar los cadáveres antes de lanzarlos a la chimenea, porque este tardó en quemarse mucho y nos inundó la casa de humo.

Mientras se despejaba, salimos a la calle y nos dedicamos a clavar maderas en las puertas y ventanas para que nadie más pudiera entrar, sin pensar que tampoco nosotros podríamos hacerlo. Así que decidimos volvernos a casa andando, con la esperanza de que 2008 fuese un año mucho mejor del que acabábamos de dejar atrás.

- Ah, por cierto – dijo el Capitán- , que no me acordaba de comentaros que esta mañana ha venido Juan Bautista Soler, el gordo del Valencia. Me ha pedido si podía tumbarse un momentín, que no se encontraba bien. Está acostado arriba, acordaos de llamar a la Policía para que vayan a por él.

Mientras nos comíamos nuestros teléfonos móviles, nos miramos a los ojos y supimos que 2008 iba a ser nuestro año. Y si no, al tiempo.